CAPÍTULO NACIONAL CRUZADOS SERÁFICOS DE ESPAÑA

Como ya se ha dicho anteriormente, los Cruzados Seráficos de España celebramos el Capítulo Nacional electivo los días 3 y 4 de julio en el Convento de los Franciscanos Capuchinos de El Pardo, Madrid.

PRESIDENTE NACIONAL: Hno. Roberto Bernabé, de la Fraternidad de Benissa, Alicante.

VICEPRESIDENTE: Hno. José María González, de Madrid.

FORMACIÓN: Hna. Concepción Cabezas, de Salamanca.

SECRETARIA: Hna. Guillermina de la Encina, de Guadalajara.

El Capítulo estuvo presidido por el Hno. Antonio, Ministro Nacional de la O.F.S. de España, junto con el Asistente, Fray Mario García, O.F.M. Cap.

Pidamos al Señor que guíe e ilumine a este Consejo Nacional CRU SE para que durante los próximos tres años sepa guiar a este Grupo Consagrado por los caminos del Señor.

También, en este acto, tuvo lugar el ingreso en el noviciado del Hno. Francisco Catalá, de la Fraternidad de san Lorenzo, de Valencia. Alabado sea el Señor, que sigue llamando obreros a su míes.

“EL SEÑOR ME DIO HERMANOS”.

PAZ Y BIEN

2 de febrero, jornada de la vida Consagrada.

La vida consagrada,

parábola de fraternidad en
un mundo herido



Presentación
La historia de la vida consagrada se cuenta por sus siglos, sus personas y sus
frutos: desde su nacimiento hasta hoy, el suyo es un caudal ininterrumpido
de vida y esperanza para el mundo. Así lo experimentamos cada día cuando
somos capaces de descubrir la presencia sencilla de las personas consagradas
en la Iglesia y en la sociedad, fermento de Cristo en la masa de la humanidad.
Y así lo recordamos con gratitud y compromiso cada 2 de febrero, fiesta de la
Presentación de Jesús en el templo. Especialmente desde 1995, año en que san
Juan Pablo II instituyó la Jornada de la Vida Consagrada con estas palabras:
La celebración de la Jornada de la Vida consagrada, que tendrá lugar por primera
vez el próximo 2 de febrero, quiere ayudar a toda la Iglesia a valorar
cada vez más el testimonio de quienes han elegido seguir a Cristo de cerca
mediante la práctica de los consejos evangélicos y, al mismo tiempo, quiere
ser para las personas consagradas una ocasión propicia para renovar los
propósitos y reavivar los sentimientos que deben inspirar su entrega al
Señor (…).
A las personas consagradas, pues, quisiera repetir la invitación a mirar el
futuro con esperanza, contando con la fidelidad de Dios y el poder de su
gracia, capaz de obrar siempre nuevas maravillas: «¡Vosotros no solamente
tenéis una historia gloriosa para recordar y contar, sino una gran historia que
construir! Poned los ojos en el futuro, hacia el que el Espíritu os impulsa
para seguir haciendo con vosotros grandes cosas» (Vita consecrata, n. 110)1.
Rememoramos hoy estos párrafos iniciales del papa en su Mensaje para
aquel 2 de febrero porque este año alcanzamos una fecha redonda: veinticinco
años de celebración agradecida de la Jornada de la Vida Consagrada. Una
fecha que nos permite echar la vista atrás para presentar junto al Señor en el
templo todo lo que hemos trabajado, orado, sufrido y esperado durante este
tiempo en medio de los hombres y mujeres de nuestro mundo. Una fecha que
nos impulsa asimismo a emprender un nuevo tramo del camino, sabiendo
que seguimos llevando las candelas del Resucitado; lámparas de fuego capaces
de alumbrar cualquier oscuridad, cualquier incertidumbre.
En consonancia con la sensibilidad y el magisterio eclesial de nuestros
días, la XXV Jornada de la Vida Consagrada lleva por lema «La vida consagrada,
parábola de fraternidad en un mundo herido». De un modo sencillo,
el lema se hace eco, por un lado, de la condición llagada del ser humano y de
la creación entera, en la que todos nos sentimos reconocidos y espoleados;
1 Juan Pablo II, Mensaje para la primera Jornada de la Vida Consagrada (2.II.1995), n. 1.
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por otro lado, evoca la vocación y misión de las personas consagradas en la
Iglesia y en la sociedad, como signo visible de la verdad última del Evangelio,
de la llamada perenne de Jesucristo y de la cercanía del Padre para con cada
ser humano.
Todo ello bajo la luz de la parábola del buen samaritano, un icono bellísimo
que el papa Francisco ha querido revisitar y compartir en su última encíclica,
Fratelli tutti, proponiéndolo como faro y horizonte para toda la familia
eclesial y humana, para todos aquellos que queremos bregar unidos y animosos
al soplo del Espíritu de Cristo, aun en medio de tormentas desconocidas
e inesperadas.
Dentro de esta barca samaritana que cruza los mares del siglo XXI, reman
con singular ahínco consagrados de toda edad, procedencia, carisma y misión.
Por ello, las palabras del papa resuenan hoy con un eco propio para
las personas, comunidades y obras que viven y llevan adelante en medio del
mundo una especial consagración:
Anhelo que en esta época que nos toca vivir, reconociendo la dignidad de
cada persona humana, podamos hacer renacer entre todos un deseo mundial
de hermandad. Entre todos: «He ahí un hermoso secreto para soñar y
hacer de nuestra vida una hermosa aventura. Nadie puede pelear la vida
aisladamente. (…) Se necesita una comunidad que nos sostenga, que nos
ayude y en la que nos ayudemos unos a otros a mirar hacia delante. ¡Qué
importante es soñar juntos! (…) Solos se corre el riesgo de tener espejismos,
en los que ves lo que no hay; los sueños se construyen juntos»2. Soñemos
como una única humanidad, como caminantes de la misma carne
humana, como hijos de esta misma tierra que nos cobija a todos, cada uno
con la riqueza de su fe o de sus convicciones, cada uno con su propia voz,
todos hermanos»3.
Que vivimos «en un mundo herido» es una realidad constatable en todos
los pueblos y en todas las etapas de la historia. Las «tristezas y las angustias
de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos
sufren»4, recogidas por el Concilio Vaticano II en el inolvidable y vibrante
comienzo de Gaudium et spes, son en realidad tristezas y angustias de hoy y
de siempre.
En gran parte de nuestro planeta, la herida supura sin descanso, noche y
día, más allá o más acá de los vaivenes de la política, la economía, la vida social,
etc. Cómo olvidar atropellos y sufrimientos que ya se han vueltos cróni-
2 Discurso en el encuentro ecuménico e interreligioso con los jóvenes, Skopie (7.V.2019).
3 Francisco, carta encíclica Fratelli tutti, sobre la fraternidad y la amistad social (3.X.2020), n. 8.
4 Concilio Vaticano II, constitución pastoral Gaudium et spes, sobre la Iglesia en el mundo
actual (7.XII.1965), n. 1.
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cos, muchas veces gracias a la connivencia, el silencio, el olvido y la indolencia
de cuantos vivimos alejados de quienes los padecen. El hambre, la indigencia,
la guerra, la persecución o la explotación no son cosa del pasado: siguen teniendo
rostro concreto en tantos que están apaleados al borde de los caminos,
por más que muchos pasemos de largo, apremiados por tantas urgencias que
no lo son tanto, como vamos descubriendo aún sin remediarlo.
A estos rostros que quizá ya no nos sobrecogen como deberían se unen hoy
otros que experimentan nuevas formas de injusticia, aflicción y desesperanza:
los afectados por la pandemia de la COVID-19, que se está cebando con los
enfermos, los mayores y los más vulnerables; las víctimas de la degradación
acelerada del planeta y de las catástrofes naturales, cada vez más violentas;
los inmigrantes y refugiados, que huyen por miles del horror y no terminan
de encontrar comprensión y cobijo en nuestras posadas; las familias rotas y
enfrentadas, devastadas por la incomunicación y sacudidas por la violencia;
las personas que han sido abusadas y violentadas en su dignidad y en sus
derechos fundamentales, también por quienes deberían haberlas protegido y
defendido con mayor celo; las nuevas generaciones y los parados de todas las
edades, que se ven desmoralizados e inermes en la búsqueda de una oportunidad
o un trabajo que nunca llega, y un sinfín de seres humanos que sufren
a nuestro lado.
En todos esos rostros descartados se miran y se sienten llamados los consagrados;
en todas esas cunetas de nuestra sociedad encuentran a Cristo sediento,
maltratado, abusado, extranjero, encarcelado; en todos esos abismos
de la humanidad se arrodillan y se entregan, haciéndose prójimos de cada
uno sin excepción. En su corazón misericordioso y misionero son parábola de
la fraternidad humana.
Que la herida de este mundo no es definitiva ni será eterna también lo
sabemos. La luz del Evangelio, que nos hermana como seres humanos en las
llagas, también nos permite captar y cantar «los gozos y las esperanzas (…) de
los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren».
No porque asumamos una visión ingenua de la vida, sino porque la vida de
los que creemos queda transfigurada por las heridas del Crucificado-Resucitado.
Así, como san Pablo, podemos proclamar sin descanso: «Bendito sea
Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de misericordia y Dios de
todo consuelo; él nos consuela en todas nuestras luchas, para poder nosotros
consolar a los que están en toda tribulación, mediante el consuelo con que
nosotros somos consolados por Dios. Porque si es cierto que los sufrimientos
de Cristo rebosan sobre nosotros, también por Cristo rebosa nuestro consuelo
» (1 Cor 2, 3-5).
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Quienes son consagrados por el Señor para portar sus marcas en medio
del mundo conocen las luchas y los dolores de la existencia en carne propia y
ajena. Aprenden en la escuela de Cristo cómo acoger con profundidad y generosidad
la fragilidad del día a día y el cáliz de angustia de las horas más amargas:
las suyas y las de todos. Oran, piden y alaban al Dios de los pobres, que se
compadece de sus hijos y los levanta hacia la Vida que no acaba. Con no poco
sacrificio y mucha fe, tejen historias de vida común, paciencia y perdón allí
donde otros siembran dispersión, furia y rencor; ensayan proyectos de misión
compartida y fecunda allí donde otros prefieren trazar fronteras, abrir zanjas
o levantar muros; procuran buscar y obedecer con libertad al Señor, que
muestra el Camino, allí donde otros se abandonan a un individualismo ciego
y desnortado; se atreven a elegir con alegría la pobreza y la sencillez del Señor,
que encarna la Verdad, allí donde otros cabalgan a lomos del desenfreno
y la avidez; sueñan con abrazar cabalmente el amor del Señor, que ensancha
la Vida, allí donde otros se dejan arrastrar por la frivolidad y el orgullo. En
su corazón contemplativo y profético son parábola de la fraternidad divina.
Fraternidad divina que es humana; fraternidad humana que es divina. Esta
es la entraña parabólica de los hombres y mujeres que, en medio de innumerables
desafíos, al borde del camino o en la posada, en el rincón más inhóspito
de una barriada cualquiera o en el coro más bello de cualquier monasterio, se
convierten en aceite y vino para las heridas del mundo, vendaje y hogar de la
salud de Dios. Demos gracias a Dios por ellos y con ellos, tejedores de lazos
samaritanos hacia dentro y hacia fuera. Y en ellos y con ellos escuchemos una
vez más la voz de Jesucristo, Buen Samaritano, que nos envía: «Anda, entonces,
y haz tú lo mismo» (Lc 10, 37).
Comisión Episcopal para la Vida Consagrada

Testimonios
La vida consagrada, parábola de fraternidad
en un mundo herido

Vida religiosa
El mundo sangra por muchas heridas. Sin duda. La falta de encuentro, pese
a que nunca hemos estado más comunicados. La polarización que se da en
todos los ámbitos de la vida pública, de manera que deja a infinidad de personas
en las tierras de nadie de la política, de la cultura, de la economía o de
la religión. La desigualdad creciente, potenciada por una globalización que
beneficia más a quienes tienen el control de barreras y fronteras. La soledad,
herida incrustada en el alma de muchas personas. La tristeza, que unas veces
viene unida a la falta de oportunidades y otras veces a la falta de motivos.
La pérdida del sentido trascendente de la existencia, en sociedades que han
elegido negar a Dios. Y, junto a ello, la pérdida de profundidad de un presente
que ha olvidado su historia. La injusticia que nace del egoísmo de quienes utilizan
a los otros como peones en sus partidas. La creación misma está herida,
en dinámicas que amenazan el futuro por vía de esquilmación y abuso de los
recursos que deberíamos cuidar.
En medio de todo eso, la invitación a la fraternidad universal que acaba de
hacer el papa Francisco en Fratelli tutti se convierte en la ruta trazada en un
mapa. La fraternidad es una manera de relacionarse. Es comprender que hay
algo que nos une a todos, por encima de diferencias y de muros. Es aspirar
a una lógica que ayude a sanar las heridas. Y es también la consecuencia de
sentirnos hijos de un mismo Dios. La fraternidad es una apuesta por bajar
las barreras y abrirnos las puertas. Por conjugar el «nosotros» por encima del
«yo». Por compartir más que acaparar.
En ese horizonte y en esa ruta, la vida consagrada aparece como un modelo
de lo que la fraternidad puede ser. Y como una forma -no la única, pero sí
una posible- de ayudar a sanar algunas de esas heridas que asolan el mundo.
En un mundo que hace de la acumulación el trampolín hacia la inequidad y
la exclusión, el voto de pobreza apunta a la libertad de no convertir la ambición
en motor de la vida y las relaciones. En un mundo de amores extraños,
soledades indeseadas y vínculos frágiles, el voto de castidad se convierte en
promesa de comunidad, una forma de amar, la amistad puesta en el centro de
la vida, y el camino hacia una fecundidad diferente. En un mundo de competitividad
desatada, de muchos proyectos autosuficientes y de demasiadas
vidas sin horizonte, el voto de obediencia apunta a una misión compartida,
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a un objetivo en el que se cree y que le da sentido a la vida, y a poner los
propios talentos al servicio del reino; sabiendo que ninguno de nosotros vale
para todo, pero todos valemos para algo, y cuando somos muchos los que sumamos
talentos, la posibilidad de sembrar es mayor. Nuestra promesa de un
«para siempre» es una declaración de confianza, un salto al vacío en el que la
fe es nuestra fortaleza, y una apuesta por el mañana en sociedades demasiado
esclavas del instante presente. Nuestra propia fragilidad es la respuesta a la
exigencia contemporánea de perfecciones imposibles. Lo más débil y necio de
este mundo lo sigue llamando Dios para formar parte de estas familias que
ha ido formando.
José María Rodríguez Olaizola, sj
Vida contemplativa
Las contemplativas nos podemos ver reflejadas en la parábola del buen samaritano,
justo en el momento en que este extranjero dejó al herido y se marchó.
Un día también nosotras dejamos este mundo herido y nos ocultamos en un
claustro, pero no abandonamos a nuestros hermanos los hombres, porque, a
través de la oración, presentamos al Señor el sufrimiento de la humanidad y
le enviamos esas pequeñas limosnas de oración y sacrificio, pidiendo que los
ayude.
«En el monasterio, a veces, soy yo la herida, el pecado me ha apaleado y
me encuentro mal, he dicho palabras poco amables, me he quejado, he murmurado…
». ¡Qué delicadeza la de mis hermanas para comprenderme, para
ayudarme a sanar!
Otro día me tocará a mí hacerlo con ellas; con qué cuidado procuro vendarles
las heridas, ocultarlas y disimular para que los demás no las vean, para
evitar críticas; poner aceite de suavidad y vino de amor; disimular para que,
después de la caída, no se sienta humillada, y pueda ir con el Mesonero divino
para que la sane, mientras nos retiramos en silencio para seguir rezando por
ella, seguras de que Él la va a cuidar mejor. Así, como el buen samaritano,
llevamos las unas las cargas de las otras, ¡sabiendo que es a Jesús a quien se
lo hacemos!
Estas son nuestras actitudes dentro del monasterio; sin ellas nuestra oración
por el mundo herido sería ineficaz.
Sor María Begoña Sancho, vsm
Monasterio de la Visitación, Burgos
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Institutos seculares: «Cantad al Señor un cántico nuevo…»

Así comencé mi primer día de formación en el Instituto Secular “Auxiliares
de Jesús, Maestro Divino” y, hasta ahora, todos los días le canto con mucha
dulzura un cántico nuevo con arpa de diez cuerdas para agradecerle que me
ha llamado por mi nombre y elegido para hacer presente a Dios, como parábola
de alegría y fraternidad, en su mundo que es el mío también, herido por
el dolor y la prueba.
Soy suya. Estoy plenamente enamorada de Cristo y dispuesta a seguirle
toda mi vida, la que me dé y a la que a Él me entrego, por ello, soy feliz y
vivo con alegría en mi Instituto y con la acogida y apoyo de mis hermanas,
los días de sol intenso, los que son nublados, los lluviosos, los que casi no se
ve… Pero Dios es mi luz y mi Todo, me agarro con fuerza a Él y me sostiene
en sus brazos.
Me alimenta con la oración. Me transforma cuando le adoro y le miro en la
Custodia, cierro los ojos y… me pierdo… ¿Hasta dónde, Señor?
Me ama y le amo.
M.ª del Carmen Fernández Castillo
Instituto Secular “Auxiliares de Jesús Maestro Divino”
Orden de vírgenes: «Quiero seguir siendo, aunque solo sea una
pizquita, amor de Jesús para el que sufre»
Recién ordenando mi vida en esta etapa —que pienso posiblemente sea la
última—, me hago consciente de cómo Dios se hizo conmigo y cómo que consiguió
girar 360 grados mi forma de ser, de pensar, de hacer… Desde que vine
al mundo hasta el momento, a base de hacerme poco a poco aprender, a veces
suavemente y otras a empujones.
Siempre fui una privilegiada y, como caracteriza mi impaciencia, nací bastante
antes de tiempo y con tan poquísimo peso que mi madre, nada más
nacer, prometió consagrarme a Él si me mantenía con vida…; y así fue.
Soy la primera de cuatro hijos de humildes trabajadores, y desde que tengo
recuerdo y soy consciente de mi existencia hablaba mucho con Él. No era ningún
amigo invisible. Era algo y no yo, que diferenciaba distinto de mí y que
me hablaba y daba respuestas a todas mis preguntas, interrogantes e inquietudes.
Tanto mamá como mi profesora me decían que Dios me veía y sabía todo
de mí y, como hermana mayor, debía dar ejemplo a los otros que me seguían y
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tenía alrededor. Aún recuerdo los compromisos personales al hacer la primera
comunión, y a medida que iba creciendo y viéndole en los que me rodeaban.
Siempre quise ser lo más, la mejor, llegar a lo más alto. Porque quería estar a
Su altura, me encelaba de los santos. Claro, que nunca llegaba… Y Él siempre
escuchaba mis versiones de los hechos ocurridos, mis desastres, meteduras
de pata. Siempre fui consciente de su Presencia, de que lo sabía todo de mí; y
sobre todo, de Su protección. ¡Pobre de mí! Nunca me sentí sola. Él lo llenaba
todo. Cuando iba conociéndolo a base de lo que mis padres, familia y profesora
me decían, me preguntaba: ¿cómo será Su rostro? Crecía así, salvando todo
tipo de obstáculos, aunque me aterraba el sufrimiento. Nunca entendí por
qué para vivir hay que morir. Mi Jesús en la cruz no lo terminaba de entender
y menos de aceptar.
Mi curiosidad me llevo a estudiar Ciencias Puras y Biología, y también
Teología. Aprendí que al Señor se le conoce estudiando, sí, pero a la vez orando.
Él instruye y te muestra alrededor su gran Amor, y muchas veces a través
del sufrimiento. En mi juventud, loca de amor por Él, quise gritarle al mundo
todo lo que Él nos quiere; y en medio de mi vehemente locura, me acerqué a
Él en el otro, y desde ahí Él me habló a través del sufrimiento del encarcelado;
en la viuda sin trabajo y con once hijos; en el traficante muerto de un cañonazo
en la garganta y en los hermanos pequeños comidos de sarna y varicela
tumbados en la arena porque así “no quemaba tanto la fiebre”; en la joven que
venía a casa sin sacarse el “por nacer” y no entraba… Comprendí que tanta
injusticia, tanto dolor, tanto sufrimiento, tanto horror son motivados por la
libertad mal usada de los humanos, quebrantadora de la naturaleza entre los
hombres y de todo cuento Dios puso en sus manos. Y a través de esos rostros
el Señor me hizo ver la grandeza de ese Amor sin límites que brinda a todo ser
humano. Y, mirando al otro, quise ser una pizquita de amor de Él para el que
sufre; y desde entonces lo hago.
Soy virgen consagrada, una privilegiada como tantas otras, como yo, pertenecientes
al Ordo virginum, en nuestras Iglesias particulares. Sin ser especial,
me eligió Jesucristo para ser su discípula y, por su gran misericordia, me sigue
enseñando y ayudando a vivir de Él y para Él la vida de austeridad, de sacrificio,
de oración continúa ante el sagrario, con su Palabra y sacramentos; a la
vez que infundiéndome su Amor y haciéndome cada vez más suya siguiéndole
a donde quiera que Él esté, para volcarse en Amor hacia los otros a través
de mí, como testigo de su cercanía evangélica en este mundo perdido, dolido,
destrozado.
Ana M.ª Mesa Pérez, OVC
Diócesis de Cádiz y Ceuta

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Nuevas Formas de Vida Consagrada
Frente al agobiante acoso de información negativa y pesimista que tiene encogido
el corazón y la mente de gran parte de nuestra sociedad, dejemos resonar
en nosotros la Palabra de Dios, siempre viva y eficaz que nos invita a la serenidad,
a la paz y a la confianza en Él.
«Vuestra salvación está en convertiros y en tener calma, vuestra fuerza está
en confiar y estar tranquilos» (Is 30, 15).
Pero es necesario que esta serenidad y esta paz sea testimoniada, sobre todo
por quienes han sido llamados por Jesús para configurarse con Él hasta poder
decir con el Apóstol: «Nosotros tenemos la mente de Cristo» (1 Cor 2, 16).
Y es que solo contemplando desde la luz de Dios el mundo proyectaremos
esa luz y seremos verdaderamente «luz del mundo» (Mt 5, 14), y solo así podremos
sanar las heridas de un mundo enfermo, ante todo por el pecado, y
sembrar la saludable alegría cristiana que brota del amor a Dios.
«Cuando encontré a Dios, llené todo el vacío que, en su ausencia, tenía mi
corazón, y mi tristeza se me convirtió en gozo» (Madre Trinidad de la Santa
Madre Iglesia). Alegría cristiana que ha de estar en el centro de la vida consagrada
para «dar la buena noticia a los pobres, para curar los corazones desgarrados
» (Is 61, 1).
«¡Alegraos siempre en el Señor!» (Flp 4, 4).
Inmaculada Gómez
La Obra de la Iglesia
Nuestros hermanos y hermanas jóvenes
Entregar mi vida a Dios en el día a día me hace descubrir continuamente un
nuevo Amor, capaz de unir el “mundo herido” con “la fraternidad”, el mismo
Amor que une la muerte y la vida. Esta es la clave que sostiene mi vida como
consagrada, junto a la de muchas hermanas: el seguimiento a Jesús resucitado,
que da vida a lo que parece muerto.
Adorar al Señor cada día y, desde Él, contemplar este mundo herido en el que
vivimos, me va enseñando el modo de ser transparencia. Suya en la realidad donde
soy enviada: yendo al encuentro, viviendo expuesta y disponible, escuchando,
ofreciendo oportunidad, perdonando, acogiendo… Siendo así instrumento de Su
amor, de reparación, en otras vidas. Este seguimiento no me hace vivir exenta de
dificultades, pero sí soy llamada a vivirlas con sentido y esperanza.
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Mirar a Jesús, a todo lo que habita en Su Corazón, hace que sea consciente
de que también el dolor está unido al amor, como la vida está unida a la muerte.
Por lo que amar al prójimo me lleva a sufrir cuando le veo sufrir y a desear
ocuparme de él como Jesús se ocupó de cada enfermo o marginado. Ojalá que
nuestra vida en comunidad y nuestra misión en el mundo, con cada persona,
sea parábola de la vida de Jesús, por acercar a cada persona a Él, a Su amor,
simplemente haciendo el bien, entregando los dones recibidos.
Bea Santos, aci
Juniora Esclavas del S.C.

De pequeño quería ser un superhéroe. Llevar una vida fascinante llena de
aventuras sin miedo a entregar la vida. Conquistar mundos inalcanzables
y soñar con metas inimaginables. Han pasado algunos años, y todavía hoy
quiero serlo. Sé que no tengo capacidades extraordinarias, pero sueño con dar
mi vida por amor, sin guardarme nada.
Quiero ser un héroe del alma grande. Del corazón inmenso. Vivir anclado
en Dios. Pero no camino solo. Un día cosí mi querer al de otros hombres a
los que Dios suscitó el mismo deseo. Y juntos gritamos a Dios para que nos
escuche. Y gritamos al hombre para que le busque. Soñamos con un mundo
más humano a nuestro alrededor. Con un mundo más de Dios. Con levantar
puentes en medio de vidas rotas y construir caminos de paz mientras el mundo
viaja a la deriva perdido en mil batallas. Con dejar que Dios se abra paso en
los límites de nuestra carne y que toque el mundo a través de nuestras manos.
Y de nuestras voces.
Héroes cotidianos que no pierden la esperanza. Que la siembran en cada
desierto que encuentran. Héroes que aman con ternura. Que aman consolando.
Héroes que sueñan con devolver la alegría a los rostros llenos de amargura.
Con levantar a hombres caídos. Con hacer del corazón un hogar en el que
otros echen raíces. Un lugar donde resuenen voces, nombres e historias. Las
de aquellos que Dios nos ha confiado. Monjes de barro y cielo en medio de un
mundo herido. Siempre en silencio. Siempre a la escucha.
Fray Ángel Abarca Alonso, OSB
Monje benedictino (en formación)
Monasterio de Silos

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Textos del Magisterio
Momento extraordinario de oración en tiempos
de epidemia presidido por el santo padre Francisco
Atrio de la basílica de San Pedro
Viernes, 27 de marzo de 2020 (extracto)

«Al atardecer» (Mc 4, 35). Así comienza el evangelio que hemos escuchado.
Desde hace algunas semanas parece que todo se ha oscurecido. Densas tinieblas
han cubierto nuestras plazas, calles y ciudades; se fueron adueñando de
nuestras vidas llenando todo de un silencio que ensordece y un vacío desolador
que paraliza todo a su paso: se palpita en el aire, se siente en los gestos, lo
dicen las miradas. Nos encontramos asustados y perdidos. Al igual que a los
discípulos del Evangelio, nos sorprendió una tormenta inesperada y furiosa.
Nos dimos cuenta de que estábamos en la misma barca, todos frágiles y desorientados;
pero, al mismo tiempo, importantes y necesarios, todos llamados
a remar juntos, todos necesitados de confortarnos mutuamente. En esta barca,
estamos todos. Como esos discípulos, que hablan con una única voz y con
angustia dicen: «perecemos» (cf. v. 38), también nosotros descubrimos que no
podemos seguir cada uno por nuestra cuenta, sino solo juntos.
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Es fácil identificarnos con esta historia, lo difícil es entender la actitud de
Jesús. Mientras los discípulos, lógicamente, estaban alarmados y desesperados,
Él permanecía en popa, en la parte de la barca que primero se hunde.
Y, ¿qué hace? A pesar del ajetreo y el bullicio, dormía tranquilo, confiado en
el Padre —es la única vez en el Evangelio que Jesús aparece durmiendo—.
Después de que lo despertaran y que calmara el viento y las aguas, se dirigió
a los discípulos con un tono de reproche: «¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no
tenéis fe?» (v. 40).
La tempestad desenmascara nuestra vulnerabilidad y deja al descubierto
esas falsas y superfluas seguridades con las que habíamos construido nuestras
agendas, nuestros proyectos, rutinas y prioridades. Nos muestra cómo
habíamos dejado dormido y abandonado lo que alimenta, sostiene y da fuerza
a nuestra vida y a nuestra comunidad. La tempestad pone al descubierto
todos los intentos de encajonar y olvidar lo que nutrió el alma de nuestros
pueblos; todas esas tentativas de anestesiar con aparentes rutinas “salvadoras”,
incapaces de apelar a nuestras raíces y evocar la memoria de nuestros
ancianos, privándonos así de la inmunidad necesaria para hacerle frente a la
adversidad.
Con la tempestad, se cayó el maquillaje de esos estereotipos con los que
disfrazábamos nuestros egos siempre pretenciosos de querer aparentar; y dejó
al descubierto, una vez más, esa (bendita) pertenencia común de la que no
podemos ni queremos evadirnos; esa pertenencia de hermanos.
«¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?». Señor, esta tarde tu Palabra
nos interpela se dirige a todos. En nuestro mundo, que Tú amas más que
nosotros, hemos avanzado rápidamente, sintiéndonos fuertes y capaces de
todo. Codiciosos de ganancias, nos hemos dejado absorber por lo material
y trastornar por la prisa. No nos hemos detenido ante tus llamadas, no nos
hemos despertado ante guerras e injusticias del mundo, no hemos escuchado
el grito de los pobres y de nuestro planeta gravemente enfermo. Hemos
continuado imperturbables, pensando en mantenernos siempre sanos en un
mundo enfermo. Ahora, mientras estamos en mares agitados, te suplicamos:
«Despierta, Señor».
«¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?». Señor, nos diriges una llamada,
una llamada a la fe. Que no es tanto creer que Tú existes, sino ir hacia ti y
confiar en ti. En esta Cuaresma resuena tu llamada urgente: «Convertíos»,
«volved a mí de todo corazón» (Jl 2, 12). Nos llamas a tomar este tiempo de
prueba como un momento de elección. No es el momento de tu juicio, sino de
nuestro juicio: el tiempo para elegir entre lo que cuenta verdaderamente y lo
que pasa, para separar lo que es necesario de lo que no lo es. Es el tiempo de
restablecer el rumbo de la vida hacia ti, Señor, y hacia los demás.
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El Señor nos interpela y, en medio de nuestra tormenta, nos invita a despertar
y a activar esa solidaridad y esperanza capaz de dar solidez, contención y
sentido a estas horas donde todo parece naufragar. El Señor se despierta para
despertar y avivar nuestra fe pascual. Tenemos un ancla: en su cruz hemos
sido salvados. Tenemos un timón: en su cruz hemos sido rescatados. Tenemos
una esperanza: en su cruz hemos sido sanados y abrazados para que nadie ni
nada nos separe de su amor redentor. En medio del aislamiento donde estamos
sufriendo la falta de los afectos y de los encuentros, experimentando la
carencia de tantas cosas, escuchemos una vez más el anuncio que nos salva:
ha resucitado y vive a nuestro lado. El Señor nos interpela desde su cruz a
reencontrar la vida que nos espera, a mirar a aquellos que nos reclaman, a
potenciar, reconocer e incentivar la gracia que nos habita. No apaguemos la
llama humeante (cf. Is 42, 3), que nunca enferma, y dejemos que reavive la
esperanza (…).
¡Señor, bendice al mundo, da salud a los cuerpos y consuela los corazones!.
Nos pides que no sintamos temor. Pero nuestra fe es débil y tenemos miedo.
Mas tú, Señor, no nos abandones a merced de la tormenta. Repites de nuevo:
«No tengáis miedo» (Mt 28, 5). Y nosotros, junto con Pedro, «descargamos en
ti todo nuestro agobio, porque Tú nos cuidas» (cf. 1 Pe 5, 7).
Algunos textos selectos del papa Francisco
«Nuestros fundadores han sido movidos por el Espíritu y no han tenido
miedo de ensuciarse las manos con la vida cotidiana, con los problemas de la
gente, recorriendo con coraje las periferias geográficas y existenciales. No se
detuvieron ante los obstáculos y las incomprensiones de los demás, porque
mantuvieron en el corazón el estupor por el encuentro con Cristo. No han
domesticado la gracia del Evangelio; han tenido siempre en el corazón una
sana inquietud por el Señor, un deseo vehemente de llevarlo a los demás,
como han hecho María y José en el templo. También hoy nosotros estamos
llamados a realizar elecciones proféticas y valientes».
Homilía en la Fiesta de la Presentación del Señor,
XX Jornada Mundial de la Vida Consagrada (2.II.2016).
«Hoy, muchos ven en los demás solo obstáculos y complicaciones. Se necesitan
miradas que busquen al prójimo, que acerquen al que está lejos. Los
religiosos y las religiosas, hombres y mujeres que viven para imitar a Jesús,
están llamados a introducir en el mundo su misma mirada, la mirada de la
compasión, la mirada que va en busca de los alejados; que no condena, sino
que anima, libera, consuela, la mirada de la compasión. Es ese estribillo del
Evangelio, que hablando de Jesús repite frecuentemente: “se compadeció”. Es
Jesús que se inclina hacia cada uno de nosotros».
Homilía en la Fiesta de la Presentación del Señor, XXIV Jornada Mundial
de la Vida Consagrada (2.II.2020).
«Hay dos tipos de personas: las que se hacen cargo del dolor y las que
pasan de largo; las que se inclinan reconociendo al caído y las que distraen
su mirada y aceleran el paso. En efecto, nuestras múltiples máscaras,
nuestras etiquetas y nuestros disfraces se caen: es la hora de la verdad. ¿Nos
inclinaremos para tocar y curar las heridas de los otros? ¿Nos inclinaremos
para cargarnos al hombro unos a otros? Este es el desafío presente, al que
no hemos de tenerle miedo. En los momentos de crisis la opción se vuelve
acuciante: podríamos decir que, en este momento, todo el que no es salteador
o todo el que no pasa de largo, o bien está herido o está poniendo sobre
sus hombros a algún herido».
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Carta encíclica Fratelli tutti, n. 70.«¿Qué es la ternura? Es el amor que se hace
cercano y concreto. Es un movimiento que procede del corazón y llega a los
ojos, a los oídos, a las manos. (…) La ternura es el camino que han recorrido
los hombres y las mujeres más valientes y fuertes».
Carta encíclica Fratelli tutti, n. 194
«Más allá de toda apariencia, cada uno es inmensamente sagrado y merece
nuestro cariño y nuestra entrega. Por ello, si logro ayudar a una sola persona
a vivir mejor, eso ya justifica la entrega de mi vida. Es lindo ser pueblo fiel de
Dios. ¡Y alcanzamos plenitud cuando rompemos las paredes y el corazón se
nos llena de rostros y de nombres!».
Exhort. Apost. Evangelii gaudium, n. 274
«No se pierde ninguno de los trabajos realizados con amor, no se pierde ninguna
de las preocupaciones sinceras por los demás, no se pierde ningún acto
de amor a Dios, no se pierde ningún cansancio generoso, no se pierde ninguna
dolorosa paciencia. Todo eso da vueltas por el mundo como una fuerza de
vida».
Exhort. Apost. Evangelii gaudium, n. 279
«Todos somos conscientes de la transformación multicultural por la que
atravesamos (…). De ahí la importancia de que el consagrado y la consagrada
estén insertos con Jesús, en la vida, en el corazón de estas grandes
transformaciones. (…) Poner a Jesús en medio de su pueblo es tener un
corazón contemplativo capaz de discernir cómo Dios va caminando por
las calles de nuestras ciudades, de nuestros pueblos, en nuestros barrios.
Poner a Jesús en medio de su pueblo, es asumir y querer ayudar a cargar la
cruz de nuestros hermanos. Es querer tocar las llagas de Jesús en las llagas
del mundo, que está herido y anhela, y pide resucitar. Ponernos con Jesús
en medio de su pueblo. No como voluntaristas de la fe, sino como hombres
y mujeres que somos continuamente perdonados, hombres y mujeres
ungidos en el bautismo para compartir esa unción y el consuelo de Dios
con los demás».
Homilía (2.II.2017)
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«La existencia de cada uno de nosotros está ligada a la de los demás: la vida
no es tiempo que pasa, sino tiempo de encuentro».
Carta encíclica Fratelli tutti, n. 66
«Hemos sido hechos para la plenitud que solo se alcanza en el amor. No es
una opción posible vivir indiferentes ante el dolor, no podemos dejar que nadie
quede a un costado de la vida. Esto nos debe indignar, hasta hacernos
bajar de nuestra serenidad para alterarnos por el sufrimiento humano. Eso es
dignidad».
Carta encíclica Fratelli tutti, n. 68
«Amar al más insignificante de los seres humanos como a un hermano, como
si no hubiera más que él en el mundo, no es perder el tiempo».
Carta encíclica Fratelli tutti, n. 193